“Muchas veces los adolescentes dan señales y los adultos no las ven”

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Vanina Botta advierte que las amenazas en escuelas requieren abordaje caso por caso y pide escucha real, presencia y acompañamiento ante el malestar juvenil.

Las amenazas de tiroteos en escuelas encendieron alarmas en distintas comunidades educativas. Aunque no todas implican una intención real de cometer un ataque, la médica psiquiatra y forense Vanina Botta sostiene que los mensajes deben tomarse con seriedad. “Hay algo en esto de escribir y amenazar que los adolescentes nos están comunicando a los adultos”, explica.

Para la especialista, estos episodios no pueden analizarse desde explicaciones simplistas. “No todas las amenazas conllevan una intención real, pero sí requieren un abordaje caso por caso”, señala. En esa línea, remarca que detrás de muchos mensajes puede haber malestar profundo, conflictos con el entorno o una necesidad de expresar algo que no encuentra otra vía.

Un factor que aparece con fuerza es el impacto de las redes sociales. “Hay cierto efecto dominó. Muchas veces se viralizan conductas o discursos que los adolescentes replican”, afirma, aunque aclara que se trata solo de una parte de un fenómeno mucho más complejo.

La adolescencia, explica, es una etapa atravesada por procesos biológicos y emocionales intensos. “La corteza prefrontal, que regula las conductas y permite pensar a largo plazo, todavía está en desarrollo. Por eso, muchas veces les cuesta frenar impulsos, especialmente en contextos grupales”, detalla.

A esto se suma una necesidad central: pertenecer. “Para el cerebro adolescente es fundamental sentirse parte de un grupo. Y en esa búsqueda pueden hacer ‘cualquier cosa’, incluso conductas riesgosas o violentas”, advierte. En Argentina, agrega, los datos preocupan: “En 2024, el 70% de los adolescentes manifestó sentirse excluido o discriminado. Es un número que duele y que habla de vínculos frágiles”.

En ese contexto, algunos jóvenes encuentran pertenencia en espacios donde la violencia se legitima. “Grupos en redes, plataformas o incluso entornos de videojuegos pueden transformarse en lugares donde se replica permanentemente la agresión”, señala.

Pero Botta pone el foco en la responsabilidad adulta. “La pregunta es qué estamos haciendo —o qué no estamos haciendo— para acompañarlos. Muchas veces los chicos dan señales y no las vemos”, afirma. Entre los indicadores que menciona se encuentran el aislamiento, el retraimiento, síntomas depresivos, autolesiones y situaciones de bullying.

“Hay mucho malestar en silencio. Y cuando ese malestar no es escuchado, puede transformarse en conductas violentas”, explica. Por eso insiste en evitar la minimización: “Decir ‘es una etapa’ o ‘ya se le va a pasar’ invalidar lo que sienten”.

La psiquiatra también advierte sobre el entorno social más amplio. “Vivimos en una sociedad que naturaliza la violencia, con discursos de odio permanentes. Eso es un caldo de cultivo para que estas conductas aparezcan”, afirma. Y subraya que la escuela, por sí sola, no puede resolver un problema que es estructural.

Casos recientes muestran que el riesgo existe y puede ocurrir también en el país. “Ya no es algo que vemos solo en películas o en otros lugares. Puede pasar acá”, sostiene.

Al mismo tiempo, Botta busca correrse de una mirada estigmatizante: “No podemos quedarnos solo con lo negativo. La adolescencia es una etapa rica en creatividad, vínculos fuertes y experiencias que marcan la vida”. Y concluye: “La mayoría de los chicos y chicas no está vinculada a la violencia. Hay muchísimos jóvenes comprometidos, sensibles, que quieren entornos seguros y construir algo distinto. Necesitan adultos lúcidos, disponibles, que validen sus emociones y los escuchen de verdad. Esas son las voces que tenemos que amplificar”.

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